
Uno de los mecanismos que se utilizan para endulzar determinados alimentos y bebidas sin que se aporten calorías, es mediante los edulcorantes.
Además de su uso para dietas de adelgazamiento o mantenimiento de la línea, la sacarina es ideal para diabéticos porque no altera el nivel de glucosa de la sangre.
La sacarina es uno de los edulcorantes artificiales más antiguos, descubierto en 1879.
El uso de este edulcorante fue especialmente notable a lo largo de las dos Guerras Mundiales, cuando el azúcar era muy escaso y, por lo tanto muy caro. Sin embargo, al tener un matiz ligeramente amargo se le agrupa junto a los endulzantes artificiales a pesar de ser casi 300 veces más dulce que el propio azúcar.

Puede presentar un formato en polvo, granulado, líquido o en pastillas, lo que le permite una larga duración y estabilidad. Aunque también se puede añadir a caramelos, chicles, lácteos, mermeladas, galletas, helados…
Además, gracias a su nulo aporte calórico la sacarina puede ayudar en casos de obesidad para llevar una alimentación que permanezca agradable al gusto.

Se recomienda que la cantidad diaria consumida o Ingesta Diaria Admisible (IDA) sea de 2’5 mg/kg de peso al día; es decir, unos 175 mg para una persona de 70 kg.