
En la entrada anterior se hacía referencia a la piel de la cara, una piel muy sensible que requiere unos cuidados muy especiales.
El uso de esta técnica de belleza se ha empleado desde las civilizaciones más antiguas, como los egipcios, entre los que destaca Cleopatra. La conocida faraona fue una de las precursoras de las mascarillas faciales, recurriendo a los barros del río Nilo para conseguir una buena oxigenación de las células cutáneas y un cutis luminoso y suave.
Las propiedades que tienen algunos barros se han utilizado constantemente, y su uso ha permanecido vigente gracias a su eficacia. Esas arcillas naturales, que se pueden comprar en tiendas cosméticas, naturistas o en sitios especializados, son capaces de purificar los rostros grasos y mixtos, y de hidratar los más secos y castigados.
Además de su histórica efectividad –de ahí que se sigan usando– son muy baratos y hacen un servicio espléndido, ya sea desde casa o desde el salón de belleza.
Su forma de acción consiste en actuar como si de una crema nutritiva se tratase, algunas tienen también el efecto de una exfoliación. Las mascarillas tienen efectos intensivos con resultados inmediatos, pero hay que tener cuidado y evitar el contorno de los ojos y los labios.
Antes de seleccionar una mascarilla, no olvides identificar tu tipo de piel, para poder escoger la que mejor se adapte a tus necesidades. El modo de aplicación es sencillo, lo primero es tener la piel limpia. Después, hay que extenderlas con movimientos circulares, siguiendo la dirección de los músculos faciales y hacia arriba, para que no queden flácidos.
